No tenía tiempo para mucho más. No había sitio para la ternura, ni para los arrumacos y mucho menos para el amor. Los dos estábamos de acuerdo. Teníamos que hacerlo deprisa. Me gusta no complicarme la vida. Me la complico pero nunca es por mi culpa. Le subí la falda, me bajé los pantalones y comenzamos la faena. Todo terminó en unos minutos. Fue maravilloso. Reinó la sinceridad. Ninguno de los esperábamos nada del otro. Sólo buscábamos el placer mezclado con la velocidad. Nada de adornos. En realidad es lo que todo el mundo piensa y nadie se atreve a decir. Así hemos estado los últimos meses. Cómo os contaba, al final, todo se complica. Poquito a poco se fue enamorando. Está claro que no se enamoró de mí. Era la situación. El placer prohibido. El misterio. La enajenación mental transitoria y todas esas cosas. El caso es que todo terminó una mañana que nos pilló su marido echando uno rapidito. Esa vez fue mucho más emocionante. Abrió la puerta y me vio con la cabeza metida entre los muslos de su mujer. Me dio unos golpecitos en la espalda y me dijo: creo que eso no es tuyo. Yo le contesté: tienes razón es tuyo… pero cómo no lo estabas usando no quería que se echara a perder. Me sopló dos hostias y tuve que salir corriendo. Corrí muy rápido, muy rápido, muy rápido…
