Ya ha llegado el verano. Comienzan las fiestas de los pueblos. Siempre me ha gustado subirme en mi viejo coche y acercarme a disfrutar de las verbenas. Es curioso ver como la fauna y flora (humana) aprovecha la ocasión para marcar su territorio y escudarse en la masa para realizar sus sueños. Los jovencitos se apoyan en la barra del bar y toman todo el alcohol posible. Parece que el resto del año imperará la ley seca. Las jovencitas no se ponen ropa interior y eligen los vestidos más atrevidos. Ahí aparezco yo. Siempre me dirijo a las jovencitas. Me presento como hombre de ciudad y además escritor. Los escritores tienen muy buena acogida entre el público femenino en verano y primavera. Los pueblos son buenos sitios para echar un polvo. Tienen muchos espacios abiertos. Siempre rodeados de eriales, de ermitas, de cementerios accesibles… (¿Quién no ha echado un casquete encima de una lápida?)Para las pueblerinas siempre es un buen polvo. Un polvo magnífico. Tienen a sus novios pero el trabajo del campo es muy duro y no hay tiempo ni ganas para el sexo. Lo de fuera siempre nos gusta más. Las fiestas terminan cuando algún cretino avisa de que se están cepillando a una del pueblo. Es el momento de correr. Suelo llegar por los pelos al coche y volver a la tranquilidad de la gran ciudad a unos 120 km /h. El verano pasado acabé contusionado y dentro de la fuente de la plaza. Este año he corrido media hora todos los días.
jueves, 31 de julio de 2008
MÁS DURA SERÁ LA CAIDA
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