miércoles, 6 de agosto de 2008

A MI RITMO

Hubo un tiempo en el que comía cada dos días. Iba al mercado a recolectar la fruta que tiraban. Fumaba mucho, bebía lo que podía y no llevaba el estómago lleno. Me sentía ligero. Miraba a todo el mundo y todo el mundo me miraba. No hablaba con nadie y la gente se empeñaba en hablarme. Trabajaba de vez en cuando. En lo que quería. Siempre encontraba un hueco donde dormir. Aprendía de la vida y la vida aprendía de mí. Me trajinaba a las feas que eran las que estaban más necesitadas. Las guapas me las follé diez años después cuando se volvieron atroces y estuvieron casadas. Iba donde me apetecía. Nadie me esperaba. Mi mirada no reflejaba nada. No se veía el fondo. Descansaba cuando lo necesitaba. Todo iba bien. Algo cambió. No soy consciente de que fue. Tampoco del momento en el que fue. El caso es que algo cambió. Me sentí más pesado. Todo me costaba más. No podía dormir por las noches. Trabajaba todos los días. Nadie me miraba. Me había vuelto anónimo. Era como vivir en un acertijo. Estaba en un laberinto y no veía el final. Poco a poco deje de practicar sexo. Parecía que me pasaban factura por algo. Tenía angustia vital. Deje de aprender. Es más, comencé a olvidar. El tiempo pasaba. De repente, una tarde de junio… vi amanecer. Alguien le pegó una patada al sol y describió una trayectoria elíptica cayendo sobre mi ¡Ah, tiempos felices!

No hay comentarios: