No sirve de nada pensar. Nunca es nada nuevo. Crees que las mujeres no te quieren por tu físico. Es cierto, no te quieren por tu físico, ni por tu dinero, ni por tu cara de idiota. Por eso decidí marcharme a un pueblo de Aragón. Me pareció ideal. Pocos habitantes. Acostumbrados a llevar una vida dura en condiciones extremas. Ese era mi hábitat perfecto. Nadie que quiera conversar contigo. Toda la actividad social centrada en el bar del pueblo. Sólo hombres hablando de mujeres y deportes. Cogí mi viejo coche y me fui para allá. Llegué en octubre. Las primeras nieves. Encontré poca gente como yo pensaba. Busqué trabajo. Fue fácil. Necesitaban un enterrador. Tenía que mantener el cementerio cuidado y de vez en cuando preparar una tumba. No tengo miedo ni soy supersticioso. El empleo se complicó. Los hombres salían a trabajar por la mañana temprano. Se iban a cuidar el ganado. Allí me quedaba yo solo con las mujeres del pueblo y el cura. El cura no salía mucho de la Iglesia. Las mujeres a partir de las once venían a honrar a los muertos. A los vivos los deshonraban conmigo. No eran muchas mujeres pero suficientes para que se encelaran las unas de las otras. Al final hubo una peste vacuna y el ganado no salió a pastar. Ese día me pillaron con la sobrina del clérigo. Estoy acostumbrado a correr. Creo que las mujeres no me quieren por mi físico, ni por mi dinero, ni por mi cara de idiota. Me quieren porque mi vida se repite.
domingo, 31 de agosto de 2008
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1 comentario:
mala concepción del por qué las mujeres queremos... somos tan imbéciles que simplemente queremos "porque es bueno", "porque es simpático"... bah, pelotudeces. No hay que querer nunca a nadie.
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