Estaba desconectado. Tal y como os conté no me había ido muy bien la otra vez. Si, cuando le di una patada al trabajo y me fui a vivir a la calle. Pero esta vez era diferente. Todas las veces son diferentes. Quemé el traje y la corbata. Me cambié de ciudad y busqué un nuevo empleo. Esta vez era diferente. Conseguí trabajo como conserje en una urbanización. Era fácil. Hacía cómo que arreglaba cosas. En realidad me pasaba el día tocándome los huevos y mirando las bragas tendidas. Era el paraíso. A las ocho de la mañana los maridos desaparecían y se iban a sus trabajos. Allí me quedaba rodeado de mujeres y niños. La mejor época era el verano. A partir de las once llegaban a la piscina. Limpiaba todo y retocaba el césped. Esto me permitía exhibirme entre tanta fémina. Al final alguna caía. Lo hacíamos en la caseta de las herramientas o en el cuarto de contadores. Eran mis rincones favoritos. En alguna ocasión me llevaban a su casa. Todo iba bien. En dos años me había follado a un ochenta por ciento de las mujeres del complejo. Esta vez no fue distinto. Me he cepillado a una de diecisiete años. Pensaba que era mayor. Cumple dieciocho el mes que viene. Su madre está muy enfadada. Hemos quedado para hablar esta noche que su marido está de viaje. Hemos echado un par de polvos. Siempre es diferente. Este trabajo me gustaba. Era distinto.
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