viernes, 3 de octubre de 2008

LA CUENTA ATRÁS

A mi proveedor le gusta quedar en la puerta del cementerio. Dice que es un sitio tranquilo. No hay policía, no hay gente que moleste y no hay mucha luz. Solemos quedar los viernes que tengo algún evento, o tengo que ir a una presentación o dar alguna charla. Dice que es por cuestión de ética. Señala que nunca vendería a la puerta de un colegio o de una iglesia. Un cementerio es algo aséptico. Estoy de acuerdo. Yo no tengo ética. Hay un sutra budista (creo que es el de la observación) en el que se recomienda a los monjes que pasen un tiempo mirando cómo se descompone un cuerpo para ver la caducidad de la vida. Yo no llego a tanto. Siempre tengo que esperar. Mientras estoy allí me he dado cuenta de que en ese recinto se guardan todos los amores y odios, todas las esperanzas y desilusiones, la riqueza y la pobreza, la belleza y la fealdad. Un compañero de calabozo me dijo que tenía la clave de la vida y la muerte. Había llevado a su perra a sacrificar al veterinario. El animal entró ladrando, le pusieron la inyección, dijo !bluf! y se murió. Tardó menos de un segundo. Ese es el límite entre la vida y la muerte: un !bluf! El cementerio es la sociedad más igualitaria. Al final todos somos iguales. La única diferencia en esta vida es la línea de salida. Cada vez que quiero un gramo me tengo que acercar un poco a la muerte.

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