La mesa de la cocina es un buen lugar. La deposité con cuidado. La tumbé y le levanté el vestido hasta las rodillas. Metí mi cabeza dentro. Tapado por la vestimenta la luz era tenue y hacía calorcito. El calentón que llevaba la chica elevaba la temperatura. Habíamos puesto música melódica (de la que no me gusta). Le bajé las bragas y comencé a lamerle los muslos. Primero lo hice muy despacito. Desde las rodillas hasta su coño. Daba una vuelta y subía de nuevo. Hacía mucho calor ahí dentro. Soy capaz de poner el flujo a punto de nieve con el movimiento de mi lengua. Metí la mano desde atrás y por debajo de sus nalgas. Es una buena postura. Con el pulgar empecé a masajearle el ano. El sudor me caía a borbotones por la frente. Me faltaba el aire. Con el dedo índice y el corazón le separé los labios vaginales y con la lengua le rozaba el clítoris. Ya no oía la música. Ella daba saltitos de placer y me estaba destrozando la mano. Aguanté con la intención de que llegara al orgasmo antes que yo. Oí un !clonc! y mi cabeza comenzó a girar. Un dolor punzante me cruzó desde la coronilla hasta la lengua. Peleé por salir de debajo del vestido. Cuando emergí de las profundidades me encontré de frente a su madre blandiendo una sartén de 50 cm de diámetro. Nunca he entendido a las mujeres. La semana pasada le encantó ¿por qué no quería lo mejor para su hija?
