Ya conocéis mi aversión a las fiestas. No hay manera. No me libro de ellas. Cada quince días me caen una o dos. El caso es que son un buen espacio para pensar. La gente se empeña en hablar con otros, en bailar, en beber y recordárselo a los demás (- !eh mira que borracho/a voy! - ¿Has visto que forma de hacer el gilipollas? - Entre semana también soy así pero sin beber- …). Sin embargo, a mi me sirven para hacer reflexionar a mi oxidado cerebro y es el escenario perfecto para observar al ser humano. Me suelo apostar cerca de la bebida. Es por comodidad y pereza. Al lado de la bebida sabes que no va a faltar espectáculo. Al principio la cosa suele ser muy recatada. Risas ligeras, presentaciones (-este es Fulanito y esta Menganita-, -es un importante abogado, trabaja para el buffet Tal y Pascual-…) y la bebida se consume muy despacio. Cuando han pasado dos horas más o menos la cosa cambia. Las risas son más sonoras y no vienen a cuento, el ritmo de consumo aumenta y ahora es cuando comienzo a etiquetar a la gente. Me interesan las mujeres que vienen a por la copa en períodos de menos de diez minutos. Por norma general, también están aburridas y cuando llevan cinco copas les da lo mismo acostarse con hombres guapos o con viejos feos. Lo que quieren es desquitarse. Ese es el mejor momento. Cuando se acercan y te dicen: - hace un rato que te estoy observando, me llamo… - Lo demás es rutina.
Hace poco me fui con una tía que era poeta. Al principio no me gustaba mucho. Hablaba de autores y de obras. Parecía una puta enciclopedia. No le gustaban las cosas porqué si. Le gustaban porque pertenecían a tal corriente o le recordaban al autor tal o cual. Cada día se metía un par de rayas. Decía que era para ser más creativa. No creo que para ser creativo te debas quemar el cerebro. La vida es suficiente para machacarte las neuronas. Además, cuando se ponía hasta las cejas no escribía ni una mierda. Escribía mejor cuando follábamos. Había ganado un par de premios pero hasta ahora no tenía nada publicado. Mis escritos le parecían un diario de navegación. No tenían nada artístico, según ella. En realidad son eso: un diario. Escribo para no olvidarme y para no olvidar. No necesito convencer a nadie. La prosa no le gusta. A mi tampoco la poesía. El caso es que poco a poco me faltaba el aire. Decidí irme una mañana. Se había venido a vivir a mi piso. Salí temprano. Más o menos sobre las doce de la mañana. El apartamento era alquilado. Me importaba un carajo. Cuanto menos tienes menos miedo a perderlo. Me acordé de mi época mala. Fui a la estación y compré un billete. No quería esperar mucho. El próximo tren salía en un cuarto de hora. Encontré un compartimiento vacío y me metí. Pensaba en el pasado. Es lo único que tengo. El futuro ni lo tengo ni sé si lo tendré. Al cabo de diez minutos vino el cabrón de Morfeo y me quedé listo. Pensar me da sueño. De repente abrieron la puerta. Era una muchachita de unos veinte años. Me contó que se había equivocado. Iba a Salamanca y se confundió de tren. Le dije que yo no iba a ningún sitio, pero que si no le importaba le acompañaría a Salamanca. Hace muchos años que no voy por allí. En concreto unos veinte. Empezamos a hablar. Me dijo que era fotógrafa. Que no se dedicaba profesionalmente a la fotografía pero que a veces le pagaban por sus trabajos. Le gustaba fotografiar para atrapar los momentos. Miraba al pasado y lo fijaba en su cámara. A mi me parecía que se expresaba muy bien, pero ella decía que no comunicaba bien a través de las palabras. Lo hacía mejor a través de las imágenes. El caso es que me gustó mucho. Era sencilla. No era sofisticada. No se me puso a hablar de marcas de cámaras, ni de filtros, ni de películas, ni de tal ni de cual fotógrafo de renombre. Me gustan las mujeres sencillas. No me gustan las simples. Me gustan las sencillas. El viaje se pasó volando. Llegamos a Salamanca. No había cambiado nada. Me refiero a su espíritu. Las ciudades tienen espíritu. Es azul. Si nunca lo has visto es porque no has mirado bien. El de Salamanca es azul cielo o celeste. Hay ciudades a las que el espíritu se les está descoloriendo. Supongo que porque no las cuidan. Oviedo tiene el espíritu entre verde y gris. Es una excepción. Me invitó a su casa. Me dio un poco de miedo. No quería estropear algo que me estaba curando. Lo bueno de las mujeres sencillas es que son puras. No hacen nada con mala intención. Los hombres complicados pensamos mal y hacemos muy pocas cosas. Ni buenas ni malas. Hacemos poco y pensamos mucho. Me enseñó la ciudad. Yo le enseñé a mejorar su técnica para hacer el amor. La experiencia es un grado. La juventud una ventaja. Así pasamos quince días. Un viernes vino y me dijo:-esta noche tenemos una fiesta,.Nos han invitado-. Me puse al lado de las bebidas.